A Peñíscola llegué en bici por primera vez en el año 2009, podía haber llegado mucho antes, pero nunca me planteé eso de ir de vacaciones o de fin de semana en la bicicleta.
Fue para aprovechar el viaje de vuelta de unos amigos que estaban dando los últimos coletazos de una juventud totalmente tardía. Todos metidos en casa de Cano y cada uno a sus asuntos, con sus horarios y con sus costumbres, que viajaban desde la madurez de la lectura en la playa hasta la adolescencia del baño en pelotas en el mar al volver a casa.
Aquella vez me perdí saliendo de Tudela de noche y mi viaje fue por Alcañiz y Morella, que es como el Mont Vetoux en medio del páramo Aragonés. Hizo tanto calor y fui tan mal, que prometí no volver nunca más por ese camino.
Los amigos consiguieron hacerse mayores y entraron en una madurez familiar con varios hijos y segundas residencias y sin rastro de baños en bolas al amanecer, la tremenda armonía que pone viejos los corazones, que dice Pablo Milanés, supongo.
Mientras yo también seguí la vida con varios hijos, pero sin segunda residencia, y sin dejar mis viajes en bici al mediterráneo, alternando con algunos Caminos de Santiago, y baños en pelotas, porque el corazón parece que seguía joven y de cuando en vez también había amaneceres raros.
El último vuelo del hombre bala fue el lunes pasado, y fue tan rápido que estuve sólo una hora en Peñíscola, lo que se tarda en hacer una foto en el cartel, ducharme en casa de Cano, montar la bici en su coche y salir pitando para Pamplona.
Pero Peñíscola es lo de menos, “lo de más”, como la canción de Silvio, es el viaje de 13 horas con las canciones por la noche, es el amanecer que siempre es un éxito, y es pasar por tantos sitios recordados, como los que nos regalan los corredores en las carreras a los padres y entrenadores, aunque algunos de estos últimos no vean más allá de una clasificación absurda. Y “lo de más”, es tener a Cano siempre, eso es insuperable.
Por delante, además de mil carreras y dos millones de entrenamientos de infantiles y cadetes, un Camino de Santiago, el décimo y el último. El año pasado el camino no fue de rosas precisamente, será que me estoy haciendo mayor aunque no tenga segunda residencia. Y desde O Cebreiro me centré en llegar, sin saborear el café de Triacastela, el atajo de Palas de Rei y los temazos que me pongo para entrar en la plaza del Obradoiro. Fue terminar y nada más.
Lo vamos a dejar en diez Caminos, una cifra redonda, y punto final. Y va a ser memorable, porque me voy a despedir de la rampa de Sotés, las rectas de Sahagun, de mi Valencia de Don Juan donde cae el sol que es un disparate, de la jefa del Bar de Villamañán que se acuerda siempre de mí, del lobo de Foncebadón y puente de Portomarín.
Vamos a saborear los sitios recordados del Camino de Santiago como si no hubiera un mañana, los vamos a llorar como merecen.
Y el año que viene, volveremos a Peñíscola, para ver si ya me hago mayor de una vez, aunque lo de la segunda residencia pinta que no entra en nuestros planes.
Willow