“Darle la vuelta al cuerpo; blog de un ciclista de ultrafondo”

LA SEMANA SUIZA DE MONTE IGUELDO

Terminé la semana ayer por la noche al teléfono con la madre de un cadete que ni siquiera es de mi equipo y no en el “chinico” con Cano, en nuestra hora social de la semana que marca nuestra amistad al ritmo de la cerveza tostada.


El cadete se llama Aitor L. y la suerte le jugó una mala pasada en el puente de Murieta, chapa y pintura, como dicen, pero mala suerte, porque caerse al suelo en una carrera siempre es mala suerte, y ver tendido a un adolescente con cara de perdido y gesto de dolor, eso parte el corazón a cualquiera, a cualquiera que lo tenga, claro, que también en los coches de equipo (y de la vida) viaja gente sin corazón.


Me hice muy fan de Aitor hace tiempo, desde que me lo cruzaba solico camino de Zubiri con su bicicleta para después verlo retirado en alguna que otra carrera. Un chico que habla con la bicicleta y con la mirada, una de esas primaveras decididas a avanzar contra viento y marea, de las historias que merecen la pena abrazar, el que nos demuestra que aquellas primeras carreras no eran más que el punto de partida hacia muchas metas, metas ya conquistadas y de forma magistral.


La semana no terminaba bien, está claro.


Pero el día anterior nuestro Iñaki L., el amigo de Miguel que hizo real su sueño en Mutriku, el hijo de nuestros amigos Maite y Fredi, conseguía su segunda victoria seguida en su nueva categoría de Sub 23, para felicidad plena de Iñaki y su familia y de nuestro club, que es su club y que es lo primero que celebra Fredi cuando ve a Iñaki levantar los brazos, porque ve la vida de su hijo a cámara lenta, una vida en bicicleta que va desde la terraza de su casa a la pista de Peritos, y de allí Mutriku pasando por Formigal, siempre vestido del Villavés, y ve en la meta de Vitoria o Logroño un sprint que dura diez años.


Alas y raíces, el Villavés que lanza a Iñaki hacia el vuelo del Finisher, algo que también da sentido a la labor de nuestro club, y que encontramos en el equipo de la familia Oroz-Murillo la continuidad perfecta a nuestro trabajo, que es la mejor que tenemos hoy en día en el panorama sub-23, pero de largo.


La vida el sábado fue bella, no hay duda, pero la semana venia descarrilada.


Dos días antes de todo esto, Miguel empezaba la Vuelta a Navarra, un sueño que jamás imaginaba cuando años antes y también en Murieta, se ponía por primera vez un dorsal, en su primera carrera en la que no llegó a completar diez kilómetros. Pasos cortos pero firmes, ilusión a prueba de bombas, como nuestro Aitor L, celebrando metas como Tours de Francia y un estreno en Sub 23 en Zumaia con el abrigo de Fredi como testigo y paño de lágrimas de felicidad.


La vuelta, contra todo pronóstico, como la gira de Sabina, duró un poco más que aquella carrera de Murieta, como una hora escasa. Al kilómetro quince subía descolgado Beruete y al treinta el coche escoba le barría a él y al sueño de su vuelta a Navarra.


Imágenes para borrar, duras, como cuando le vimos tirado en el puerto de Cia lleno de barro después de una tremenda caída, o muerto de frío en Markina delante del coche escoba. Situaciones ante las que podemos certificar un fracaso o buscar una nueva meta. Anclarnos a un ciclismo antiguo, básico y lamentable que se reduce a  “echarle cojones” o trabajar en lo que ha pasado, encontrar el fallo y ponerle solución, que es avanzar en realidad.

Como LA BICICLETA DE AITANA DEL ANTERIOR BLOG, pararnos y cambiar la suerte de Aitana o certificar un pinchazo y pasar de largo.


Nada es fácil para Miguel en su categoría Sub 23, ni para Aitor en cadetes o Markel en junior, pero todos se merecen una palabra, una llamada, un abrazo, se merecen parar con ellos para regalarles tiempo, un tiempo que les permita avanzar, algo que va mucho más allá que certificar que la rueda está pinchada, tan sencillo como ayudarles a cambiar la cámara y seguir. Y nada más.


Así terminé ayer una semana que ha viajado a bordo de la montaña Suiza de Monte Igueldo, la mejor atracción de la historia, por cierto, con la increíble subida lenta y feliz con vistas al cantábrico más infinito, y la posterior bajada al infierno sin opción a frenar el tren.
Y comprobando que la mejor de las opciones es sentir los golpes de Aitor y de Ohier, arrastrarme con Miguel en Beruete y arreglar el pinchazo de Aitana, a la que ni si quiera conozco, porque el resto, es ver la vida pasar, dejar el corazón antes de subir al coche de equipo, y perder la opción de esprintar con Iñaki y su familia y ganar con él a todo el pelotón Sub-23.


Willow

Para el temazo del blog recupero "Cuando llegue el fin" de Duncan Dhu, claro. Grabado en 2012 pero con un sonido ochentero a base de guitarra acústica y escobillas que me encanta, una colección de frases buenísimas y una melodía para viajar al filo de otra edad, que puestos a elegir, me pido los quince años en el malecón de Zarautz.