“Darle la vuelta al cuerpo; blog de un ciclista de ultrafondo”

ZUMAIA 2026: EL ABRIGO DE FREDI.

En el trayecto entre Pamplona y Zumaia Irache y mi sobrino Juan, animado por un café de especialidad que le había llevado, repasaron todos los problemas del fútbol regional navarro, así como suena, ajenos a lo que nos esperaba en un par de horas, y ajenos al tiempo que se iba torciendo conforme pasábamos los túneles de la autovía y a mi copa en el segmento de Strava al amanecer corriendo. Ajenos a todo.

Porque yo sí que hice los deberes como un día de carrera merece, salí a correr a las cinco de mañana, cargué de pistachos mi mochila del Decathlon, y puse a Mikel Erentxun en la furgoneta, pero estos dos nada, a lo suyo, así que yo, pues a lo mío, repasando curvas y rotondas con pasos de cebra que iban a estar mojados, la bajada de Meaga, los estrechamientos por obras de las carreteras, y la temperatura que marcaba la furgo, que cada vez bajaba más.

La carrera de Zumaia pintaba mal, muy mal, así que como no tengo ni idea de fútbol, y me importa un pimiento, el bucle de mi cabeza se fue haciendo cada vez mayor y me presenté en la salida de la carrera como si fuera la llegada, a ciento cincuenta pulsaciones y subiendo, y entre cafés, abrazos y saludos, apareció Miguel vestido de Latorre con Adur por ahí al fondo, Alvaro calentando y Fredi que no paraba de decirme que me pusiera su abrigo, que estaba lloviendo y me iba a calar.

Zumaia es un buen lugar para llorar por cosas que no tienen mucho sentido, o quizás sí, y el abrigo de Fredi un gran abrigo para secar unas lágrimas que no esperaron a la meta, ni siquiera al banderazo de salida. Se veía venir, mi cabeza va a mil por hora y ya estaba en Zumaia desde septiembre del año pasado, cuando Miguel nos comentó por casa que quería seguir corriendo en Sub-23. El momento había llegado, el principio del final de la vida en el ciclismo de competición de Miguel me había explotado en el puente de Zumaia, otro de los sitios recordados a partir de ahora.

Abrigo en mano y la gota de lluvia en el lagrimal, me fui a recorrer las calles vacías que rodean la plaza, cagándome en la hora en que le dio a Miguel por apuntarse al Villavés y pensando en si quizás era mejor la opción de cerrar la discoteca Indara los viernes y a mamarla a parla, pensaba en todo eso y en cómo le iba a devolver el abrigo a Fredi porque se lo estaba moqueando entero y todavía no había empezado la carrera.

La carrera empezó, y terminó, como siempre. El corazón iba a lo suyo, también como siempre, se me partió cuando le vi a Adur persiguiendo al pelotón después de una caída, se vino arriba a cada paso por el maldito puente de Zumaia, se me salió del pecho al ver al Miguel coronando con los primeros nuestro puerto familiar de Meaga y pensé por un momento alcanzar las 220 pulsaciones al ver la remontada de Iñaki López en el sprint de meta, persiguiendo su sueño, que es el nuestro, el de su amigo Miguel, el de Maite y Fredi, el de su club de siempre, el Villavés, es el mejor sueño de la historia.

Tercer puesto para él, 118 para su amigo Miguel, Aitor Igoa y Anai no muy lejos y por ahí, Alvaro con una rueda traidora y de nuevo, golpe al corazón, pero golpe leve, porque tenemos la seguridad y la satisfacción del que “estaba ahí”, como Miguel Indurain en los Tours, porque viajaba con sus compañeros, porque ha hecho los deberes y porque la carrera estaba casi completada y porque le ¡quiero un montón y me da la gana!, y punto.

Yo nunca he tenido medida para muchas cosas, ya sabéis, y ésta de emocionarme con los críos que se ponen un dorsal es una de ellas, lo mismo me da ver a Jagoba delante de la bandera verde de cierre de carrera en el puente de Mendaro, a Adur en la montaña de Loiti (fue tremendo), o a Miguel terminando la Vuelta a Pamplona, da igual. Ahora ya no espero a llorar las metas, así que claramente voy a peor, lo que me encanta, me parece insuperable y una gran opción para los padres, porque iban a ser mucho más felices celebrando participaciones y opciones de vida chulas de sus hijos y no con la emisora al cuello contando segundos de la escapada de turno.

Claro que la suerte de todo esto es tener un amigo a tu lado como Fredi, que te deje su abrigo y no haga falta pedir perdón al devolverlo.

Willow