Dice Carlos Goñi en uno de sus temazos que todo aquello que no tiembla no está vivo, y está bien, muy bien, para una canción, una idea o un ideal de vida en plan hombre bala, como la apuesta al corazón de los Duncan Dhu, como si necesitáramos arriesgar durante el día para seguir soñando durante la noche y vuelta a empezar.
Y esta idea me lleva a los años salvajes de bici, donde cada temporada le metíamos un extra de más en las carreras, una noche más sobre la bici, un país más lejano y un equipo de apoyo más grande, todo iba a más y parecía que nunca iba a terminar, porque nunca nada era suficiente, como en el UAE de Matxin, hasta que terminó, claro. Pero aquellos años los vivimos temblando de emoción, porque no teníamos ni idea de cómo iba a terminar todo aquello, porque nunca tuvimos las cosas claras, y vivimos como si no hubiera un mañana, porque la felicidad necesita de un futuro incierto y esta frase es una de las pocas certezas que me dejaron esos años.
Y toda esta chapa es para contaros que entramos en el 2026 temblando y más vivos que nunca, y sin necesidad de rodear Austria en bici y sin parar. Este mismo sábado, Miguel estrena categoría, la sub-23, en Zumaia, su particular apuesta al corazón, con Adur, Alvaro, Aitor, Iñaki y otros tantos amigos con los que empezó a cosechar recuerdos buenísimos allá por cadetes, y a dibujar el paisaje de su juventud con la bicicleta en el centro del universo. Vuelta a la casilla de salida porque se vuelve a situar en la línea de salida sin tener clara la línea de la llegada, como cuando empezó en el mundo de la competición hace ya algunos años. Ahora mismo la meta es el sueño que le vuelve a lanzar y a nosotros con él.
Sub 23, el último peldaño de la escalera que termina en profesionales, la categoría que viaja enloquecida y empujada hacia el abismo por los equipos de formación, que se dedican a hacer precisamente lo contrario, NO formar, porque se saltan los años propios del aprendizaje con el error de cambiar la experiencia por información, como si tener un VO2max por las nubes trajera del brazo la bajada perfecta de Altamira lloviendo en medio de un pelotón de 200 corredores.
Pero la categoría Sub 23 también es una oportunidad para la suerte, como la fábula de “Olivia” de Silvio Rodriguez, porque todavía es una opción de seguir en el ciclismo de competición, de progresar, de tener esa disciplina en unos años decisivos en cualquier vida, cuando un entrenamiento ayuda a estudiar y a ordenar los días a tantos y tantos chavales. Y también es el trampolín para algunos de ellos de pasar a profesionales de la mejor forma posible, porque pasarán FORMADOS.
El año pasado temblé de emoción en esa carrera de Zumaia, me encantó comprobar que todavía existe gente, que ofrece su tiempo, y se deja la vida para seguir brindando a los jóvenes estas dos opciones. Mil millones de gracias a los Telco’m, Latorre y Finisher por aquí en Navarra y tantos otros que pone el tiempo por encima de las prisas y la continuidad en la competición por encima de los resultados y no se les ocurre pintar las estrellas de carmín disfrazando a un cadete de profesional, ni haciendo de un equipo junior un Wolrd tour. Todos estos lejos de sumar, restan, y restan mucho al mundo del ciclismo, porque convierten cualquier cuneta en un vertedero de derrotas de críos de 19 años.
¡Perdón, me centro!
A la salida del club de Miguel para pasar a la siguiente categoría, llega mi vuelta al Villavés, mi pequeña vuelta a la casilla de salida con mi viejo título de director deportivo nivel III, una apuesta al corazón que ya gané el año pasado en el puente de Mendaro y me llevó a celebrarlo con una carrera al amanecer en Salou con los chavales. Una temporada que estamos ganando sin empezar a competir, porque cada vez somos más, vamos juntos y nadie se queda atrás.
No todo es bicicleta, no, también tenemos zapatillas que nos hacen temblar de emoción. La pequeña Iciar vuela libre sobre sus zapatillas, sus series y sus entrenamientos imposibles, en los que no llueve nunca, y todo lo hace fácil, bajar de los 4 minutos el kilómetro o correr días y días seguidos sin parar, en modo “Ayerdis”, en fin. Con listas compartidas de canciones que nos impulsan como la mejor suela de carbono, aunque yo no baje de los 4 minutos, ni siquiera me acerque. Pero eso ya es otra historia.
Como veréis, estamos más vivos que nunca porque pinta que vamos a temblar todo el año y de forma compulsiva, que van a caer kilos y kilos de pistachos por todas las cunetas, salidas y metas, viendo bicicletas y zapatillas, instalados en el “más difícil todavía”, en un final incierto pero que vamos a celebrar siempre.
Y a mí me queda llegar a Salou una vez y otra más a Peñíscola, como siempre, como cada año desde hace más de quince. Me queda correr al amanecer antes de las carreras, y visitar mi arbolico en las murallas algún que otro atardecer, y también unas fugas express a Zarauz, para ver el mejor cantábrico de la historia en la N-634 y subir Itziar, cafetear en Deba y visitar Pukas Surf sin comprar nada.
Y hacer punto final en el Camino de Santiago, mi último camino sin sentido y sin parar, el que será el décimo. El año pasado en mi pequeña peregrinación de 32 horas, la idea de llegar, la de terminar, se llevó por delante parte de la ilusión de hacerlo. Por primera vez durante la noche por el Bierzo escuché más dudas que canciones y al llegar a la plaza del Obradoiro, por décima vez, la sensación fue de “deberes hechos”, pero lejos de la emoción máxima de otras veces.
Me pasó lo mismo las últimas carreras en Italia y Suiza, las terminé, quinto y séptimo, pero ya no tenía la emoción del principio, porque ya sabía qué tenía que hacer y lo que iba a pasar, el final ya no era incierto, y ahí se terminó la parte de dorsal y clasificación de mi vida.
Creo que Santiago de Compostela se merece dejarlo en una cifra redonda, el 10, y saber de antemano que va a ser el último ahora mismo me vuelve a emocionar. Porque que cada cruce, cartel de población, cada parte del páramo castellano por la tarde o el bierzo por la noche, tiene un recuerdo y buenísimo, una anécdota, una canción, una llamada, son mil cosas. El Camino no se merece que pase sin más, merece que lo viva, merece temblar de emoción, y una despedida por todo lo alto.
Así comenzamos el 2026, como comenzamos el 2025 en la “rotonda de Jagoba”, como siempre, con dos millones de planes y sin parar ni para tomar impulso. Y ya está.
“Si procuras no tenerme en el olvido yo prometo soñarte mientras duerma, y dormir hasta que estés aquí, conmigo”
¡Qué grande Carlos Goñi!,
¿Temblamos?
Willow.