“Darle la vuelta al cuerpo; blog de un ciclista de ultrafondo”

EN LACUNZA TODO AQUELLO QUE NO TIEMBLA NO ESTÁ VIVO

En Lacunza, hace dos millones de años, terminé mi primera carrera de juveniles, era el mes de abril y todavía no había conseguido terminar una carrera. Desde la primera que corrí, en Villatuerta, siempre aparecía el Juez para decirme que el pelotón me llevaba mucho tiempo y que me tenía que retirar. En algunas carreras hacía más kilómetros y en otras bastante menos, pero nunca veía la meta ni de lejos. Era como aquello de Joaquín Sabina “otra vez a perder un partido sin tocar el balón”.

La carrera de Lacunza venía después de Semana Santa y mi padre se empeñó en llevarme por ahí a entrenar varios días seguidos. Le imagino al pobre intentando inclinar la balanza de mi adolescencia hacia el lado de la bicicleta, de la Contini roja para ser más exactos, y enviando al palco la trilogía en la que andábamos metidos en aquellos años, algo así como “San Nicolás, Tejería, Discoteca y a casa”.


Y como era bastante “disperso”, pues ni una cosa ni otra, la balanza iba a su bola, como yo. Pero aquella carrera la terminé, llegué a la meta después de subir dos veces La Cadena y una Altamira, en uno de los últimos grupos del pelotón que estaba más partido que el corazón de Alejando Sanz, y sin opción de cura.


Y lo celebramos como se merecía, por todo lo alto, y Lacunza se quedó como una referencia familiar dentro de nuestro universo ciclista, como el puerto de Marcaláin, el taller de Gerardo Maquirriain o el océano Pacífico bajo el muelle de Oceanside. A esa meta de Lacunza apenas le siguieron 10 metas más en toda mi temporada. Después, Pepe Barruso al final del año me dijo aquello de “...tú chaval el año que viene al coche de director”, y a Pepe, además de que siempre tiene la razón, nunca se le dice que NO. El resto ya lo sabéis.


El martes, dos millones de años después, volvimos a Lacunza para cerrar cuentas soñadas, como en el tema “testamento” de Silvio Rodriguez, esta vez con Miguel y su Canyon azul, que ni su padre ni su abuelo estamos ya para dorsales. Lejos de cerrar nada, como viene siendo habitual en nuestras vidas, lo que hicimos fue seguir abriendo puertas y más puertas ayudados por una imaginación infinita y la vocación, familiar también, de tener mil planes para cambiarlos de forma compulsiva.


Suerte la de Miguel, que su balanza no se balancea, que lejos de ser disperso, su determinación de mejorar sobre la bicicleta durante este último año le ha llevado de durar diez kilómetros en sus primeras carreras el año pasado a terminar prácticamente todas las que ha corrido este año. Y en Lacunza también terminó.


Y toda esta chapa es para contaros que estoy muy contento de ver cómo Miguel ha conseguido su objetivo de terminar las carreras, ese que os conté por aqui hace ya algunos meses y que, ya que andamos con los círculos de la vida a vueltas, me apetecía cerrar y compartirlo con vosotros, con los tres o cuatro que os acercáis por este blog venido a menos.


Ahora Miguel está feliz en el club, vestido de Cafenasa, con sus entrenadores, ya conoce al resto de corredores de otros equipos, de otras categorías, sale a entrenar con sus compañeros y vuelve feliz cuando antes volvía agotado, pero es otro de los éxitos que ha conseguido, poder llegar a asimilar el ritmo de su categoría empezando desde 0. ¡Bien Miguel, bien!


Ya sólo le falta limpiar y engrasar su bicicleta, revisar sus ruedas antes de salir de casa, que me devuelva las dos camisetas interiores que utiliza y se pille la suya y que consiga activar bien la aplicación del Garmin para seguirle desde casa cuando sale a entrenar. Pero todo eso ya forma parte del siguiente plan, que ya veremos si lo consigue, de momento el año pasado llegamos a la meta de la salida y este año ya estamos en la meta de la llegada, así que ya hemos triunfado.


Willow


Termino, el otro día me amaneció coronando el Tourmalet sobre la bicicleta, había salido el día anterior por la tarde desde casa, pasé a Francia por Ibañeta, rodeé los pirineos y subí el Tourmalet por La Mongie para ver amanecer arriba, me encantó, y después seguí pedaleando por el Soulor, Aubisque para voler a casa por Ibañeta otra vez. 550 kulómetros con la cara manchada de felicidad.


Ojala el ciclismo a los ojos de un adolescente fuera algo más que un dorsal, dos jueces y veinte puertos por delante, porque terminar la carrera de Lacunza está bien, y ganarla debe ser la leche, no lo sé, no he ganado nada en mi vida, pero para correr en Lacunza tenemos los años contados y para ver el amanecer en el Tourmalet, toda la vida.