“Darle la vuelta al cuerpo; blog de un ciclista de ultrafondo”

EL CUERPO ME PEDIA UN DESCANSO Y TAL

El penúltimo vuelo del hombre bala fue el que me llevó de Pamplona a Salou hace poco más de un mes. El cambio de acera de mis caderas hacia el mundo Strava allá por diciembre me habían hecho apretar sobre la bici como hacía años, concretamente desde el 2019, y tenía ganas de darme un meneo bueno, como dice mi hermano Mikel Barabiar, un calentón, un homenaje, un “velocidad y motor, sudor, amor en vena” que dice Blanca Suarez en la canción •”Luna Llena”, o aquel “volcán en las venas de placer y dolor” de Mocedades, perdón, que me vengo arriba, sigo. Tenía curiosidad por saber qué había pasado con mi cuerpo y esos esfuerzos prolongados durante muchas horas


Y lo hice, y no me fue mal, con sus nervios del día anterior, su música pedaleando de noche, sus geles y demás mierdas que no me metía desde hace tiempo y un viento a favor como en las mejores canciones de Duncan Dhu. El resultado fue una media de 33 kms/h sobre 400 kilómetros y la imposibilidad de salir a correr a pata al amanecer por el mar al día siguiente. Llegué KO pero feliz, como en mis buenos años, o como en mis otros años, porque ya no tengo claro cuáles fueron los buenos y cuáles los malos, ni siquiera si tuve alguno bueno. Quizás tenga razón Diego Torres cuando dice que “lo mejor está por llegar”, aunque lo peor es que no llega nunca. No lo sé.


Esto fue el penúltimo vuelo, porque el último fue bajando Erro, en la curva de Agorreta concretamente, salida de bicicleta al arcén y doble salto mortal con tirabuzón y sin red del hombre bala. Y allí, en la N-135, me dejé la mano, el codo, las costillas y el cuadro de la Pinarello, que fue lo que más me dolió de todo el vuelo y su impacto.


Un despiste como el que tuve en el 2018 al volver de la Race Across América y que me costó la clavícula, o como el anterior, en 2013 calculo, en el que se me fue la mano del manillar y tire a unos cuantos Iruñakos en Huarte Pamplona. Haciendo cuentas creo que tengo un susto gordo cada cinco años o 125.000 kilómetros, que ni tan mal, porque como bromeaba un cicloturista en no sé qué grupo de whatssap, él con mis números no iba a tener un accidente en la vida.


Este último vuelo me ha dejado sin el reto de Adolfo de Madrid a Pamplona, con el brazo escayolado y con una baja en el trabajo a “tiempo parcial”, que es la baja de los que ya somos mayores y no hemos logrado la “excelencia” en el trabajo, de los que no sabemos colorear la vida en un power point, ni alejarnos del día a día para ver las cosas desde un punto de vista diferente que nos permita avanzar y estas cosas. Sabios que no saben nada, ya sabéis.


No pasa nada, y si pasa hacemos como que no pasa y punto, que en esto, como en dar pedales tengo un master y un montón de motivos para no cortarme de un tajo las venas, como Joaquín Sabina.


“¿Quién engaña al impostor, quién seduce al ladrón, dime?”.


Perdón, vuelvo a la caída. La Traumatóloga de urgencias al verme las marcas de los brazos del sol con el maillot me dijo que tenía por delante unas cuantas semanas sin bici, que me podía ir a dar paseos. Y yo, mientras me ponía la escayola, pensaba mucho en mi viaje a Salou, y en el que me perdía con Adolfo de 600 kilómetros y pensaba que la Traumatóloga no sabía bien lo que estaba diciendo con eso de mandarme a paseo, pero como siempre, como en el trabajo y en la vida, dije que si a todo para salir cuanto antes de allí. Y salí.


Los primeros días fueron por el paseo del Arga y la parte vieja de Pamplona, sobre 10 kms, pero rápidamente vi que era un error. Demasiada gente conocida diciéndome lo mismo, todos igual, que si “bastante suerte que no ha sido más”, que “te vendrá bien un descanso”, el manido “volverás más fuerte” que le tengo un asco que no veas, porque me recuerda al mundo de las redes sociales y esos monstruos que habitan por allí (me incluyo aunque sin frases vacías que no valen nada).


Que no que no, que no tienen razón, porque darse un trompazo no es tener suerte, a mi edad descansar considero que es una pérdida de tiempo como dormir más de la cuenta o pasar más de media hora en torno a una comida y lo de volver más fuerte ¡no me jodas!. Esto es como lo de los cumpleaños, que hay que celebrar cumplir 50 tacos por todo lo alto porque “mejor sería no cumplirlos”, pues desde luego, pero mejor sería cumplir 30 y tener por delante un futuro sin gravedad y no un hacerse mayor sin delicadeza y a toda leche.


Termino. Por delante unos días en el pirineo familiar del Tourmalet y también por Candanchu, que es el pirineo de los Elcuaz, mi familia también, y unas fiestas de San Fermín que me importan bien poco, y un viaje de Iciar por Irlanda que me preocupa algo más. También un conciertazo acústico de los de terraza al atardecer de Mikel Erentxun en Alicante y que he dejado escapar después de darle mil vueltas.

Y no tengo nada más que contar.


“Éste cambio de sentido, estos balcones que asoman a un tiempo que se ha ido, este nuevo amanecer, este canto de sirenas, este rumbo desnortado por la luces y las penas, este desaparecer”.

Temazo el de hoy, “El duelo” de Duncan Dhu, como su disco, que fue la vuelta del grupo en 2012, año de las 1001 millas de Italia por cierto, seis temazos nuevos en un disco muy de los comienzos del grupo allá por los ochenta, con un guitarreo de Mikel brutal, las escobillas en la batería y el bajo de Diego y unas letras de vuelta de la vida del grupo que me encantan.. Subid el volumen y a disfrutar.


Willow