“Darle la vuelta al cuerpo; blog de un ciclista de ultrafondo”

¡NO ES QUE TRISTE CARAJO! ¡ES QUE ME ACUERDO!

¡Cuando te haya olvidado aún te echaré de menos!

Lo peor del Camino de Santiago es que termina en Santiago de Compostela, y aunque cada vez empleo más tiempo en recorrerlo, cuando llego, siempre pienso que Santiago debería estar en la costa oeste de los Estados Unidos o más allá, para poder seguir la fiesta sobre un recorrido sin fecha de caducidad.

Es como llegar a Peñíscola en bicicleta, amanece sobre Quinto de Ebro, te tomas un pincho de tortilla Caspe para desayunar, y a media tarde, estás por el peatonal entre Benicarló y Peñíscola escuchando los “Vasos de Roma y Ginebra” y pensando en los kilómetros que hay desde allí hasta el Cabo de Gata o cualquier lugar muy lejos, para poder seguir la fiesta sobre la bicicleta.
Pero la fiesta se resfría en seguida y como dice Sabina, “el futuro es cada vez más corto y la resaca larga”, y cuando has tenido un par de fiestones como los míos así tan seguidos, el resacón es brutal. Y yo solo pienso en volver, como siempre.

Y ahora vamos con las últimas fugas, que son las fiestas, las juergas del que va camino de la primera parte de su vida. Al lío.

Lo de Santiago era la cita anual solidaria con los del Tenis, en una fuga compartida con el mundo cicloturista de Orkuci. Con Rubén y su “Arquitecturas sin fronteras” y mirando a una familia que merece la pena allá por la localidad de Ujué. Un planazo.

A Santiago llegamos con el sueño del revés y un futuro sin mañana, como era de esperar, y mis compañeros deseando descansar, mientras yo sólo pensaba en volver a Roncesvalles, o al Perdón con todos los amigos que salieron para acompañarnos, o a la noche en Valencia de Don Juan, o arriba de la Cruz de Hierro sin una piedra que tirar, y ya puestos a pedir, la cima del Poio con sus vistas a Galicia y los últimos temazos musicales de la noche.

El Camino de Santiago compartido es más lento, diferente, no me atrevo a decir si más chulo que hacerlo en soledad, como siempre, pero éste me ha encantado, y está en las posiciones cabeceras de los buenos recuerdos sobre la bicicleta. Quizás haya sido el más fácil para mí y quizás el que más vueltas le haya dado durante el recorrido a los ritmos, horarios y paradas… pero desde luego que ha merecido la pena, cumplimos con nuestro desafío solidario y también con el deportivo y fuimos felices, pero muy felices.

A Unzué se va por Peñiscola, y punto. Porque en Peñiscola, mi úlitmo vuelo, me esperaba mi querido “mundo Unzué”, con mi amiga Raquel y su familia y su eterna sonrisa, la sonrisa que ha logrado sortear veintcinco años de nuestras vidas para seguir “intacta”, como el temazo de Mikel Erentxun, Así que desde en el paseo marítimo de Peñiscola se podía ver la Peña del Abrigo, el castillo del Papa Luna y la Ermita de San Bernabé, mientras un cantante callejero nos ponía a Sabina de banda sonora, de locos. Siempre he sido un hombre muy afortunado, ya sabéis.

La fuga de la fuga, el lugar donde quiero volver, porque Peñíscola, como Santiago de Compostela, sólo me trae buenísimos recuerdos, porque en ese paseo siempre está Cano esperándome, algunas veces con Irache, Miguel e Iciar, otras con los amigos en los últimos coletazos de una adolescencia que tardó demasiado en irse y hasta con Marta y Arantxa en aquella previa tan azul de la Race Across América en el 2018. En el año que más he temblado en toda mi vida.

Ahora de vuelta a la rutina, cuando cada lunes nace muerto el nuevo día, me encantaría estar en Caspe con el pincho de tortilla y un par de amaneceres por delante para vivir, y la sonrisa de Raquel para navegar en ella una vez más, porque la vuelta a la fuga es más chula que la vuelta al cole, y ni os cuento la vuelta al trabajo, que es como volver para instalarse en la rotonda de Sarriguren, punto negro de los ciclistas de Pamplona, llena de sabios que no saben nada, en la que empiezas a dar vueltas sobre lo mismo una y otra vez, evitando que te lleven por delante, sin poder salir, para no llegar a ningún lugar, mientras nos vamos mirando el perfil de las ruedas y la marca del maillot. Maneras de vivir.

Y desde la rotonda de Sarriguren se ve Monte Perdido, un hostal en Torla, las zapatillas Hoka. Se ve el Aubisque y le veo a Asier Orla con su Pinarello. Se ve la familia con su Montaña Suiza, como Monte Igueldo, que se ve siempre. Y se ven los amigos de guardia, y mi cumpleaños, por cierto, que llega como llegamos a Santiago, con el sueño del revés y un futuro sin mañana, así que mejor pasamos por alto la fecha y los años y cualquier tipo de celebración de un día que tiene poco que celebrar.

¡No es que esté triste, carajo! ¡Es que me acuerdo!
Willow