“La mitad de mi alma más el quince de propina.”
Eso es lo cuentan que perdió la de la Quinta Estación en alguna cantina, y así lo replicaba la vocalista de la orqueta el miércoles en Dicastillo. Un temazo que no lo estaba interpretando así como para poner los pelos de punta ni una gota de lluvia en el lagrimal, no. Yo creo que la culpa de todo esto la tenía la orquesta claramente, o el equipo de sonido, o quizás yo no estaba para analizar nada. La carrera de Dicastillo en su 50 celebración acababa de llegar a su fin y con ella otro círculo familiar quedaba cerrado para siempre en esa maldita cuesta infinita que sube al pueblo.
No estaba Garcia Bea, “El león de Dicastillo”, que fue el mejor titular de la historia de la prensa escrita del ciclismo, en unas páginas del periódico que contaban aquella séptima edición de la prueba. Tampoco Chente García Acosta, al que le robé un sprint pactado poco antes de llegar a esa misma meta, él vestido del Lanas Alonso y yo, ya sabéis, del Cafenasa. Pepe Barruso se había quedado en Villava a entrenar a las escuelas de ciclismo, como lo ha hecho durante los 50 años que se ha celebrado la carrera, que son los años de la vida del club. Ultrafondista él también. Misma carrera y caras nuevas, pero no todas.
Porque estaba mi padre, mi madre y mi hermanico Martín, como representantes de aquella familia ambulante que cada fin de semana se desplazaba a ver carreras por Navarra, para recibir el mítico “saludos familia Iriberri” del inconfundible Boliche, mientras sonaba la sintonía de “la cucaracha” en las bocinas de los seat 132 de turno.
Y por alguna razón, Dicastillo se quedó como la carrera de referencia en la familia, como Marcalain como puerto de montaña al que volver y nuestro Villavés, en el centro del universo ciclista.
Una carrera a la que volví como director durante quince años, ganando alguna vez y aprendiendo el resto, supongo, una detrás de otra. Años en los que jamás pensamos en ser nada más que jóvenes, como dice la MODA en su temazo, porque nunca imaginé que alrededor de una carrera ciclista se podían vivir todas esas emociones pero multiplicadas por dos mil, porque nunca me puse en la posición de los dos millones de padres de los corredores que habrán pasado por mis manos. Ellos eran mayores y yo ahí nunca iba a llegar, o eso pensaba.
Pero llegué hace algunos pocos años, o mejor, Miguel llegó al Villavés, y con él volví yo a las carreras, a unas cunetas llenas de nervios y pistachos, de nudos en la garganta y sueños compartidos, unos fines de semana en los que nos montamos en la montaña Suiza de Monte Igueldo, la mejor atracción de la historia, por cierto, y desde allí bajamos y subimos a mil por hora para terminar con los ojos al desbordados por la emoción de llegar a la meta, y nada más.
Y entre tanto bajar, subir y llegar, llegó la carrera de Dicastillo y mi familia a la misma cuesta a la que fuimos hace mil años, y Miguel a la meta y yo, pues como siempre, llegué a una pequeña mascletá de emociones sin mucho sentido, incontrolable, que me hacen perderme un rato por ahí, por las calles del pueblo de turno, hasta volver como un padre normal para comentar la carrera. Ya sabéis, que si “éste estaba muy fuerte” y que si “el otro debería haber arrancado antes”…., problemas del primer mundo ¡un saludo María!.
La carrera terminó, nuestros corredores vencieron la clasificación por equipos y nuestro Igoa le puso contra las cuerdas al vencedor, Igoa es un gallo como su viejo, nada nuevo en este blog, como mi vuelta al club y la eterna alegría al celebrar cualquier llegada a meta. Pero Dicastillo es Dicastillo y aunque ya no esté Garcia Bea por ahí, está el Villavés con sus juveniles, y los Iriberri como entrenadores, padres, y corredores, así que ahora mismo ya no tengo claro si hemos cerrado el círculo o andamos en una línea sin punto final de los finales. Ni tan mal.
En la plaza, al pie podio, nos quedamos sentados Maite, la madre de las grandes fotos y mejor sonrisa, y yo, el ultrafondista venido a menos, rendidos como dos boxeadores después de terminar el combate, aplaudiendo a los vencedores a la vez que recuperábamos la tranquilidad perdida durante las dos horas de la carrera, con tanta paz y tan a gusto, que ahí seguimos después de los trofeos, escuchando al alcalde en un interminable discurso de agradecimiento al Club Ciclista Estella, a los que habían hecho posible todas las ediciones de la prueba, a sus ganadores, al bueno de Mitxelena ex presidente del club, colaboradores, ayudantes, antiguas corporaciones del ayuntamiento y suma y sigue, ajenos al reloj que marcaba la vuelta a casa, sentados en el suelo, con los deberes hechos, sin ningún tipo de prisa y con una buena bolsa de pistachos, de locos.
A mi sólo me faltó un cañón y que nuestra vocalista en la orquesta hubiera intentado el “Jardín de Rosas” o “Una calle de Paris” y entonces habríamos hecho de la meta de Dicastillo un muelle de Oceanside pero muchísimo mejor, porque aquí volvemos cada año y allá, al otro lado del atlántico, ya no vuelve más que mi cabeza, eso sí, cada día, sin esperar a la fecha anual del 12 de junio, el maldito día del principio del final. También de locos, mejor dicho, de muy locos.
Willow
Ahora sí, os dejo con el temazo de hoy, desde Dicastillo volando para vosotros “El sol no regresa” en versión Revolver, muchísimo mejor que la original de La Quinta Estación. Con ese puntazo de voz ochentera de Carlos Goñi que es un disparate.
Me encanta, quizás se la ponga a los cadetes, ¡a ver qué pasa!.