“Darle la vuelta al cuerpo; blog de un ciclista de ultrafondo”

AGOSTO: CUANDO BRILLA LA NAVIDAD.

Que un cantante ochentero como Mikel Erentxun saque un disco de villancicos en Navidad hablando del niño Jesús y su pesebre, de la noche de paz, las estrellas y Santa Claus es algo que no ocurre todos los días, o navidades. Para nada.

Que lo escuchemos en pleno verano camino hacia las carreras en el coche del Cafenasa no es muy normal. Para que luego digan que la juventud no tiene gusto ni cultura musical, y que se pierde ¡ay, cómo se pierde!.

Puede que los cadetes estén resignados a aguantar durante 45 minutos la música de su entrenador, o que no se atrevan a conectar sus móviles por si salta algún audio a traición en los altavoces (un saludo Alex), pero puede ser también que alguna de las frases les haga gracia, o incluso alguna canción, o que el “noche de paz” con Dakota les lleve a su más tierna infancia, no lo sé.

Pero durante 45 minutos saltamos de Mikel Erentxun a Los Secretos y vemos a lo lejos las cuatro rosas de Gabinete Caligari y “de cuando en vez”, que es muchísimo mejor que “de vez en cuando”, hay un incendio por Bogotá, porque somos fans de María y ella de nosotros y lo mismo se nos pega algo y empezamos a reventar todos los KOMS de nuestras vidas, con números insuperables de felicidad por hora, la gran medida que falta en el Strava.

A mí, los 45 minutos del viaje, siempre me pillan después de una carrera al amanecer, por las murallas y el Caballo blanco, como un maravilloso calentamiento de la fiesta que viene. Y me pila con un café de esos fríos del súper en el coche. Me pilla feliz, porque es el mejor plan para un domingo, un plan insuperable porque no hay nada mejor que compartir la mañana con los cuatro magníficos y su directorazo, Oscar Tarazona, porque Oihan dice que Oscar es el primer entrenador y yo el segundo, y punto.

El viaje de ida llega a su fin en la línea de salida de cada carrera, y los altavoces comienzan a dar voz a los jueces árbitros, una música que nunca me ha gustado, como una ruleta rusa que te puede anunciar la escapada de un corredor o su caída, el inicio o el final del avituallamiento, o los dorsales que se piensan calzar pasándose por el arco del triunfo el tiempo que les lleva el pelotón. Y sospecho que al reglamento súper profesional que cumplen a rajatabla con las categorías inferiores, han debido de añadir algún punto en el que el Juez de turno puede medir también la actitud del chaval ante la carrera, si le pone ganas en pillar al pelotón o no, como chuparse el dedo y sacarlo por la ventanilla para ver por donde pega el aire, imagino. El caso es que con ese rigor he visto retirar a críos estando a cola de los coches de equipo.

Pero no pasa nada, porque no pasa siempre y siempre que pasa nos encargamos de que el adolescente pase página, porque en el ciclismo y en la adolescencia, todo está por llegar y siempre llega cuando sabes esperar. Pero bueno, normalmente lo primero que llega es el viaje de vuelta, el camino de regreso que a mí me conduce a Zubiri con la bici y a los corredores a descansar y a comenzar una semana para seguir rodando, por la mañana rodar, ya sabéis.

Y en ese camino de vuelta en el Cafenasa vuelve al ambiente ochentero de la ida, pero esta vez salpicado por mil anécdotas de la carrera, anécdotas que poco a poco se van contando sobre las primeras zonas del pelotón, sobre las llegadas a la meta, y sobre “PR” en aguantar dentro de carrera. Anécdotas que se cuentan instaladas en una constante mejora personal, alejadas de cualquier clasificación. Una línea recta y hacia arriba, sin un punto final de los finales.

En el Cafenasa estamos de suerte y de buen café. Así que ahora mismo lo que vemos en el horizonte es un viaje ochentero que pasa de los 45 minutos a las cuatro horas y que nos hará cambiar el coloso de Altamira por el mejor mar del mundo para pasar la adolescencia, donde no hay ni rastro de jueces árbitros ni dorsales y donde Mikel Erentxun suena mejor que nunca al amanecer.

Porque una temporada así merece el mejor de los finales para después meterle un montón de puntos suspensivos, como una invitación para la suerte, como la mañana de Olivia en el temazo de Silvio, y seguir escuchando villancicos en verano y saltando sin red en la presa de Roncal, y celebrar que, como escribíamos en aquel primer blog de la temporada, nuestro incansable Jagoba sigue recto en la rotonda de su vida para rodar un poco más sobre la bicicleta.

Por la mañana rodar, y punto.

Willow